lunes, 15 de julio de 2024

¿PUEDEN LAS GOBERNACIONAS RESOLVER OPORTUNAMENTE Y DE FORMA DEFINITIVA LOS PROBLEMAS DE SALUD?

 Hace 14 años, cuando les fue transferida la competencia del tercer nivel de salud a las Gobernaciones, se proyectó una mejor gestión de los servicios hospitalarios[1] que aquellos prestados hasta entonces por los Gobiernos Municipales. Sin embargo, la trepidante realidad los doblegó y fueron superados por un sistema de salud con problemas desde su diseño y operación. Fragmentado al detentar tres cabezas (gobierno central, departamental y municipal) y segmentado, al enfrentar servicios paralelos de seguridad social, universitaria y privada, incapaces de integrarse, aún en situación de crisis como la atravesada el año 2020 con la pandemia.

La descentralización por factores iniciada en el año 1994 y consolidada el 2010 con la Ley Marco de Autonomías, recrudeció las dificultades legadas por el anterior sistema centralizado; sin mayores capacidades, con mayores prestaciones de salud (desde el seguro materno infantil de 1996, ahora con seguro universal con más de 1.260 prestaciones) que se decantan sobre los presupuestos de 17 ciudades capitales e intermedias; además, con un gobierno central que transformó un competencia de salud antes exclusiva municipal en concurrente, para que todos compitan y generen inversiones inconexas en el mismo territorio. (Hospital de Montero, Hospital del Sur en El Alto, y sus problemas de operación, por ejemplo).

El gasto en salud 2023 más bajo perca-pita de la región, $us. 292 no aporta (mientras Uruguay gasta 1.492 y Chile 1.204) ante un escenario congestionado por la presencia de varios gobiernos en el mismo territorio y con una sobredemanda por salud en ciudades; paradójicamente, con recursos ociosos y de escasa ejecución en 63 municipalidades pequeñas que no tienen demanda en salud porque su población se traslada a las capitales de departamento para su atención.

El sector de la salud colapsó con el Covid-19, pero esta aguda crisis no ha generado prueba de transformación en el sector, se continúa arrastrando las mismas deficiencias a lo largo de los años[2]; desafortunadamente, ni la pandemia pudo permear la estructura y marco legal obsoleto, así como la gestión fracturada y de mala calidad del servicio.

La inversión pública de las 9 Gobernaciones el año 2022 no alcanzó al 24% de sus presupuestos. Es más, 2 ciudades como Santa Cruz y La Paz juntas, disponen de mayor presupuesto que todas las gobernaciones ($us. 700 millones). Las escasas capacidades, la asfixia financiera, además del ensombrecido contexto político no favorecen al marasmo de las Gobernaciones. En esta realidad, las terapias génicas, inmunoterapias y tratamientos personalizados serán además de costosas, para muchos profesionales en salud, desconocidas. La implementación de sistemas de inteligencia artificial para el diagnóstico, tratamiento y gestión de pacientes cada vez con mayor esperanza de vida, no serán parte de los protocolos de atención. Ante la escasísima inversión en capital humano y tecnológico, muchas de las asignaturas sobre nuevas tecnologías médicas con equipos de diagnóstico avanzados, robótica en cirugías y tratamientos de precisión, con costosos medicamentos, también estarán ausentes.

La evidencia demuestra que el “modelo” de salud está agotado, siendo las Gobernaciones un pequeño eslabón del mismo; mientras la escasez de medicamentos, largas filas por una ficha de madrugada y los tiempos de espera de meses para una operación quirúrgica en hospitales ya no se aplacan -nunca lo fueron- con la dotación de ítems de personal, consumidos rápidamente por la voracidad en la administración discrecional del personal desde el centro. En concreto, es momento de replantear la agenda pública en materia de salud, de lo contrario, la salud no tendrá “cura” en los próximos años.

miércoles, 24 de abril de 2024

¿EN QUE MOMENTO DEBE JUBILARSE UN MÉDICO, UN DOCENTE UNIVERSITARIO O UN MAESTRO?

 En el marco de las restricciones económicas y cambios tecnológicos, la cooperativa COTAS de Santa Cruz, emblema del modelo cooperativista, ha decidido para este año 2024, ahorrarse Bs. 40 millones anuales en salarios del personal que ampliamente superó la edad de jubilación, invitando a retiro a su personal y pagándoles sus beneficios sociales.

Por otra parte, los médicos y trabajadores de salud que pertenecen a la planilla del Ministerio de Salud acaban de parar la semana pasada por 48 horas y ahora lo hacen por 72 horas más, ante la amenaza del gobierno de jubilarlos a los 65 años de edad. El sector considera que jubilarse en el sistema público es una decisión personal y no puede existir norma que así lo disponga.

Ambas situaciones descritas nos conducen a una pregunta controversial ¿En qué momento debemos jubilar a los profesionales del sector público? La respuesta podría ser sencilla si recurrimos a la teoría económica. Cuando la productividad marginal sea menor al costo del factor de producción. Significa que a cada trabajador se le paga de acuerdo con la cantidad adicional de producción que puede generar. No obstante, en un mundo real la situación es mucho más compleja y además conflictiva.

Algo que parece absolutamente racional y justo, se torna polémico cuando financiamos los salarios con presupuestos públicos y sin costos de jubilación, entonces: ¿Cuál sería el momento óptimo, desde el punto de vista del bienestar de la sociedad, de jubilar a un docente universitario, médico o maestro público? Además, en un contexto altamente político, de ausencia de carrera administrativa que privilegie el mérito y también de alta conflictividad por la capacidad de movilización de los sindicatos que interrumpen, como en salud, servicios imprescindibles para la sociedad.

Si la premisa es contar con servidores públicos reclutados por meritocracia y no por una burocracia de baja calificación, necesitamos los mejores médicos, docentes universitarios y maestros, estos deberían ser graduados con las máximas distinciones, expertos en sus campos de especialidad, con maestrías y doctorados, ojalá en universidades internacionalmente reconocidas, profesionales de referencia en su campo de trabajo; capaces de publicar “papers” o apalancar recursos de investigación a través de plataformas y redes internacionales de transferencia del conocimiento. Estos deberían ser las particularidades exigidas a profesionales contratados y pagados por los tributos de una sociedad, máxime para docentes y personal médico.

Los devaluados montos de jubilación no son un incentivo para pasar a la vida laboral pasiva; además, el tema se maneja en un contexto con normativa laboral propia de la década de 1950, vía el escalafón en educación (1957), la autonomía universitaria (1953) contradictoria con la demanda el siglo XXI (modalidades telemáticas, asincrónicas, multi-sensoriales y bajo un esquema de remuneración por desempeño, entre otras), persisten en mantener la inamovilidad funcionaria en tiempos de alta rotación, y tecnologización que expone aún más las falencias cuando el personal no está debidamente calificado.

En resumen, el momento óptimo para la jubilación de un docente universitario, un profesional médico o un maestro varía según factores individuales y contextuales. Sin embargo, ante la evidencia de las últimas décadas, resulta poco digno retirarlo por la evidente pérdida de sus facultades o perpetuarlo tan sólo por su antigüedad, criterio ciego y nocivo para premiar el demérito y bloquear a nuevos profesionales que incorporen nueva tecnología, conocimiento especializado e innovación.

En última instancia, la edad de 65 años no tiene por qué ser la única “métrica” a la cual deben jubilarse los profesionales, pero también es cierto que no puede depender de una decisión individual acogerse al retiro cuando existen de por medio financiamiento estatal. Retirar al personal improductivo es un deber cuando se administra lo público.

La mirada homogenizante impide reconocer las particularidades de cada sector y cada profesional; sin embargo, es impostergable persuadir e insistir por la medición, por evaluar objetiva y periódicamente el desempeño del profesional público, que limite la tendencia a sobrecargar los ítems con personal político de baja aptitud, con mayor razón si están pagados con recursos públicos y ante la impostergable necesidad de servicios públicos de mejor calidad.